Estábamos en mi piso, un jueves cualquiera después de unas copas. Él, ese tío alto y fuerte que siempre va de machote, me miraba con esa sonrisa tonta. Yo, harta de juegos, decidí que esa noche sería mía. Me acerqué despacio, mi mano rozando su pecho. ‘Hoy mando yo’, le susurré al oído, mi aliento caliente en su cuello. Él parpadeó, eh… ¿qué?, balbuceó. Sonreí, fuerte, segura. ‘Quítate la camisa. Lentamente’. Obedeció, torpe, excitado ya. Sentí su polla endureciéndose contra mis muslos cuando lo empujé al sofá. ‘No toques nada hasta que yo diga’. La tensión subía, su respiración agitada, mis pezones duros bajo la blusa. Le até las manos con mi bufanda, suave pero firme. ‘Vas a ser mío, vas a darme todo lo que quiero’. Él tragó saliva, sí… lo que tú digas. Mi coño ya chorreaba, la adrenalina de la conquista me ponía a mil.
Le bajé los pantalones de un tirón, su verga saltó dura, palpitante, con una gota en la punta. ‘Chúpame primero’, ordené, subiéndome a horcajadas sobre su cara. Mi culo sobre su boca, mi coño empapado rozando su lengua. Lamía ansioso, torpe al principio, pero yo guiaba: ‘Más profundo, joder, lame mi ano’. Gemí, el calor de su lengua en mi roseta, húmeda, abriéndose. Le metí un dedo en la boca, luego dos, preparándolo. ‘Ahora vas a follarme el culo, pero como yo diga’. Me giré, a cuatro patas sobre él, untando su polla con mi saliva y aceite. Empujé hacia atrás, controlando cada centímetro. ‘Despacio… sí, así, métemela en el culo’. Entró apretado, ardiente, mi ano dilatándose alrededor de su grosor. Dolía un poco, pero era mío el ritmo. ‘Folla más fuerte, cabrón’. Él jadeaba, yo marcaba el vaivén, mis nalgas chocando contra su pubis, el sonido húmedo, chap chap. Cambié posición: lo monté a la inversa, mi culo tragándosela entera, rebotando salvaje. ‘No pares, dame más’. Le apreté las bolas, sintiendo su pulso acelerado.
La tensión que me encendió
Me corrí primero, un orgasmo brutal, mi ano contrayéndose alrededor de su verga, chorros de mi coño salpicando sus muslos. ‘Ahora tú, pero dentro’. Él gruñó, eh… sí, nena… y explotó, su leche caliente llenándome el culo, desbordando. Me aparté despacio, su polla saliendo con un pop sucio, semen goteando por mis piernas. Lo desaté, exhausto, rendido. Me miré en el espejo: sudorosa, poderosa, con esa sonrisa de vencedora. Lo había conquistado, lo había hecho mío del todo. Esa sensación de control total, de verlo sucumbir, me hacía sentir invencible. ‘La próxima vez, traes un buen plug para prepararme mejor’, le dije, besándolo posesiva. Él asintió, aún temblando. Yo había ganado, y qué placer.