Estábamos en la casa de sus padres, después de esa cena familiar eterna. Jérôme, mi crush de la uni, me miró todo el rato con esos ojos hambrientos. Su padre y su hermano no paraban de escanearme las tetas, pero yo solo veía a él. Subimos a su cuarto, pusimos Ride the Lightning de Metallica. El aire estaba cargado, ¿sabes? Me senté en la cama, crucé las piernas despacio, dejando que mi falda subiera un poco. Él se acercó, nervioso, balbuceando algo de la música. Yo sonreí, pero por dentro ya había decidido: esta noche es mío. Lo iba a follar como yo quisiera, sin prisas, sin que él mandara.
—Ven aquí —le dije, voz baja, agarrándole la camisa. Me miró sorprendido, pero obedeció. Lo besé fuerte, mordiéndole el labio inferior. Sentí su polla endurecerse contra mi muslo. Perfecto. Lo empujé contra la pared, mis manos bajando directo a su pantalón. —Hoy mando yo, Jérôme. Tú solo disfrutas y obedeces. ¿Entendido? —Asintió, jadeando ya. Le desabroché el cinturón, saqué su verga tiesa, palpitante. Estaba caliente, gorda, lista. La apreté fuerte, viéndolo gemir. —Buen chico. Ahora, quítame la blusa. Despacio.
La tensión que me hizo decidir
La tensión subía como un fuego. Su familia abajo, la puerta cerrada, pero yo quería más riesgo. Lo tiré en la cama, me quité la falda yo misma, quedando en tanga negra y sujetador. Monté sobre él, restregando mi coño húmedo contra su polla. —Siente lo mojada que estoy por ti… pero no entres aún. Primero, me vas a comer. —Me subí a su cara, abriendo las piernas. Su lengua tocó mi clítoris, torpe al principio. —Más fuerte, joder. Chúpame el coño como si te fuera la vida. —Gemí bajito, agarrándole el pelo, moviendo mis caderas. Olía a sexo, a sudor nuestro, el cuarto se llenó de ese aroma crudo. Él lamía desesperado, metiendo la lengua dentro, succionando mis labios hinchados. Yo controlaba el ritmo, ahogándolo un poco con mi coño, viendo sus ojos suplicantes.
Ya no aguantaba. Bajé, agarré su polla y me la clavé de un golpe. —¡Ah, sí! Qué polla más dura tienes —gruñí, cabalgándolo salvaje. Subía y bajaba, mis tetas rebotando libres ahora que me había quitado el sujetador. Él intentaba tocarme, pero le até las manos con su cinturón. —No, tú no tocas. Yo decido. —Le apreté los huevos mientras follaba, sintiendo su verga hincharse dentro de mi coño apretado, chorreante. Cambié posición: lo puse a cuatro patas, no, espera, lo giré yo. De espaldas, le metí dos dedos en el culo mientras lo montaba de reversa. —¡Fóllame más profundo! No, tú no follas, yo te follo a ti. —Sus gemidos eran música, ahogados para no despertar a su madre. Sudor por todos lados, mi clítoris rozando su pubis, orgasmos mineando uno tras otro.
El placer que dirigí sin piedad
Lo volteé boca arriba, apreté sus pezones, cabalgando más rápido. —Córrete dentro, pero solo cuando yo diga. —Él suplicaba, —Por favor, Paula… —Yo reí, dominante. —Ahora, lléname el coño de leche. —Explotó, caliente, profundo, mientras yo me corría gritando bajito, contrayendo alrededor de su polla. Me quedé encima, jadeando, su semen goteando de mí.
Me bajé despacio, viéndolo exhausto, marcado por mis uñas. Sonreí, limpiándome con su camiseta. —Has sido bueno, Jérôme. Me has dado exactamente lo que quería. —Sentí esa ola de poder, de conquista. Él sucumbió total, mirándome como un perrito. La adrenalina de controlarlo en su propia cama, con su familia cerca… inolvidable. Me vestí, lo besé en la frente. —Duerme. Mañana, repetimos mis reglas.