Cómo me duplico para follarlo sin piedad y tomar todo el control

Ay, chica, no sabes lo que sentí esa noche. Mi marido, ese pringado tan correcto, entró en casa a las seis, con su traje impecable. Yo ya lo tenía todo listo: luces tenues, copa de ron en la mano, mi camisón de seda negro que deja ver mis tetas duras y mi coño depilado. Me acerqué, le besé el cuello, lento, mordiendo suave. ‘Hoy mando yo, amor. Tú solo obedeces’, le susurré al oído. Él sonrió, nervioso, pero su polla ya se notaba tiesa bajo los pantalones.

Le quité la camisa despacio, lamiendo sus pezones. ‘Siéntate’, le ordené, empujándolo al sofá. Me arrodillé, le bajé la cremallera… dios, qué polla más gorda tenía ya. La saqué, la olí, ese olor a hombre que me pone cachonda. ‘No toques, solo mira’. Lamí la punta, saboreando el pre-semen salado. Él gemía, ‘María, por favor…’. ‘Cállate. Esto es mío’. Ahí decidí soltar mi secreto. Me concentré, sentí el cosquilleo en la cabeza, y pum: me duplico. Dos Marías idénticas, desnudas, tetas firmes, culos redondos. Él abrió los ojos como platos. ‘¿Qué coño…?’. ‘Shh, ahora somos dos para follarte hasta que supliques’.

La tensión sube y yo dicto las reglas

Lo arrastramos al dormitorio, yo delante guiándolo por la polla, la otra yo detrás apretando sus nalgas. ‘Reglas claras: no te corres hasta que yo diga. Si desobedeces, paro’. Él asintió, temblando. La tensión era brutal, su piel sudada, mi olor a excitación llenando la habitación. Le tiré al colchón, boca arriba. ‘Abre las piernas’. Las dos nos subimos: una a su cara, restregando mi coño mojado en su boca. ‘Lame bien, joder, chúpame el clítoris’. La otra montó su polla, frotándola contra mis labios hinchados. ‘Mira cómo te voy a cabalgar’.

Empecé a bajar despacio, su verga abriéndome el coño centímetro a centímetro. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gruñó él. ‘Cállate y fóllame’. Subí y bajé, fuerte, mis tetas rebotando, mientras la otra yo le metía los dedos en la boca. ‘Chupa, como si fuera mi coño’. Cambiamos: ahora la duplicada cabalga, yo le meto la polla en la garganta. ‘Trágatela toda, cabrón’. Él se ahogaba de placer, lamiendo mis jugos. Lo puse a cuatro patas, como una perra. ‘Ahora te follamos el culo’. Él protestó, ‘No, María…’. ‘Sí, joder sí’. Una yo le escupí en el ojete, metí un dedo, luego dos, lubricándolo. La otra le mamaba las bolas. ‘Relájate o duele más’.

El placer brutal: lo follo hasta el límite

Le clavé mi dedo hasta el fondo, mientras la otra le pajero la polla. Él gemía como loco, ‘¡Me vengo!’. ‘¡No!’. Paramos, lo dejamos al borde. Lo volteamos, una yo sentada en su cara, la otra empalándolo con el coño. ‘¡Fóllame duro!’. Movimientos salvajes, mi clítoris rozando su pubis, sus bolas chocando. Cambiamos posiciones: él de lado, una polla en su boca –no, espera, su polla en mi coño, mi dedo en su culo, la otra chupando sus tetillas. ‘¡Córrete ahora, lléname de leche!’. Él explotó, chorros calientes en mi interior, yo me corrí gritando, apretándolo con el coño.

Al final, exhausto, jadeando entre las dos yo. Fusioné de nuevo, una sola María, sudorosa, poderosa. Lo besé, ‘Has sido mío del todo’. Él murmuró, ‘Increíble…’. Sonreí, sintiendo esa adrenalina de conquista, de haberlo doblegado. Sabía que ahora me obedecería siempre. Poder total, placer puro. Mañana, repetimos, pero con más.

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