Estaba en mi portería, oyendo el jaleo de arriba. Ese borracho de Gatimel gritando con Églantine y el contable Pichon. Subí las escaleras de dos en dos, mis tetas rebotando bajo la blusa ajustada. Abrí la puerta de un empujón. Ahí estaban: ella pegada a él, besándose como adolescentes. Él, Francis, alto, torpe, con esa cara de Pierre Richard que me ponía cachonda desde el primer día.
Lo miré fijo. Sus ojos nerviosos. Sentí el calor subiendo por mi coño. ‘Tú’, le dije señalándolo, voz grave. ‘Ven conmigo. Ahora’. Églantine parpadeó, sorprendida. Gatimel soltó una risa ronca. Pero yo no esperaba permiso. Lo agarré del brazo, fuerte, mis uñas clavándose un poco. ‘Cállate y sígueme’, murmuré cerca de su oreja, oliendo su colonia barata mezclada con sudor. Bajamos al rellano oscuro, entre pisos. Empujé su pecho contra la pared fría. ‘Aquí mando yo. ¿Entiendes? Nada de tonterías’. Mi mano bajó directa a su pantalón, apretando esa polla que ya se endurecía. ‘Buen chico’, susurré, mordiéndole el lóbulo. Él jadeó, ‘Maria, espera…’. ‘No espero. Quítate la camisa’.
La tensión sube y decido que es mío
Sus dedos temblaban desabrochando botones. Yo me lamí los labios, viendo su pecho lampiño. Me subí la falda, negras encaje abajo. ‘Arrodíllate’. Obedeció, rodillas en el suelo sucio. Le abrí las piernas, coño húmedo expuesto. ‘Chúpame. Lengua adentro, hasta el fondo’. Su boca caliente tocó mi clítoris, succionando. Gemí bajito, ‘Sí, así… más fuerte, joder’. Agarré su pelo, empujando su cara contra mí. Olía a mi excitación, salada, pegajosa. Él lamía torpe al principio, pero yo guiaba: ‘Cirlos, cabrón. No pares’. Mi jugo le corría por la barbilla.
Me corrí rápido, temblando, piernas flojas. ‘Levántate’. Saqué su polla gorda, venosa, palpitando. ‘Mírala, toda para mí’. La chupé un segundo, saliva goteando, solo para lubricar. ‘Ahora fóllame’. Me giré, manos en la pared, culo en pompa. ‘Métela despacio’. Entró de una, estirándome. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gruñó. Empujé hacia atrás, controlando el ritmo. ‘Yo digo cuándo y cómo’. Lo cabalgaba de pie, polla hundiéndose hasta las bolas. Sudor goteando, nuestros jadeos en el pasillo vacío.
El sexo brutal donde yo mando
Lo giré, lo tiré al suelo. ‘Abre las piernas’. Me monté encima, coño tragando su verga entera. Subí y bajé, tetas saltando libres. ‘Mírame, Francis. Esto es mío’. Mis caderas giraban, apretando. Él gemía, ‘Maria… me vas a matar’. Aceleré, clítoris rozando su pubis. ‘Córrete dentro cuando yo diga’. Sentí su polla hincharse. ‘¡Ahora!’. Explosión caliente llenándome, yo gritando mi segundo orgasmo, uñas en su pecho.
Me aparté despacio, semen chorreando por mis muslos. Él jadeaba en el suelo, exhausto, mirada de perrito. Me subí la falda, sonriendo. ‘Buen chico. Sabes quién manda ahora’. Le di un beso en la frente, salado de sudor. Bajé las escaleras, coño palpitando satisfecho, esa adrenalina de conquista quemándome por dentro. Él era mío esa noche. Y volverá por más. Porque yo decido.