Estaba en ese baile en París, uno de esos eventos llenos de intrigas y miradas calientes. Lo vi de inmediato: alto, misterioso, con esa cicatriz en la mejilla que gritaba peligro. Como Rochefort, pero más joven, más apetecible. Se llamaba algo así como René, un tipo con ojos que prometían problemas. Yo, española de pura cepa, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva, decidí que esa noche sería mío. No pregunté, no dudé. Caminé hacia él, mi tacón resonando como un veredicto.
—Ven conmigo —le dije, mi voz baja, ronca, clavándole la mirada—. No es una invitación, es una orden.
La Tensión que Me Hizo Decidir: Él Será Mío
Se sorprendió, pero vi el brillo en sus ojos. La tensión subió como un fuego lento. Lo arrastré a un rincón oscuro, mi mano en su nuca, apretando justo lo suficiente. Sentí su polla endurecerse contra mi muslo. —Quítate la camisa —susurré, mordiéndole el lóbulo—. Despacio. Quiero verte temblar.
Obedeció, torpe, excitado. Yo dicté las reglas: —Nada de tocarme sin permiso. Tú eres mío esta noche. Si me complaces, te doy lo que quieres. Si no… te dejo con las ganas.
Lo llevé a mi ático cercano, mi mazmorra privada escondida tras una falsa biblioteca. Bajamos las escaleras de piedra fría, el aire húmedo oliendo a cuero y deseo. Lo até a la cadena en la pared, sus muñecas arriba, expuesto. Su pecho subía y bajaba rápido. Yo me quité el vestido lento, dejando que viera mis tetas firmes, mi coño ya mojado bajo las bragas de encaje negro.
La tensión era eléctrica. Me acerqué, rozando mi cuerpo al suyo sin piedad. —Mírame —le ordené—. Vas a rogar por mi coño.
Él tragó saliva. —Sí… por favor…
Sonreí, victoriosa. Ahora era mío.
Lo besé duro, mi lengua invadiendo su boca, mordiendo su labio hasta que gimió. Bajé mi mano, apreté su polla dura como hierro a través del pantalón. —Quítatelo todo —gruñí—. Quiero verte desnudo, listo para mí.
Se apresuró, su verga saltando libre, gruesa, venosa, goteando ya. Me arrodillé un segundo, solo para soplarle, torturándolo. Luego me puse de pie, lo empujé contra la pared. —Abre las piernas.
El Acto Brutal Bajo Mis Órdenes y Mi Triunfo Final
Le até los tobillos también. Totalmente mío. Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi coño empapado en su polla sin dejarlo entrar. —Dime que me deseas más que a nada.
—Te deseo… joder, métemela…
—No. Primero, chúpame. —Me giré, plantando mi coño en su cara. Su lengua salió ansiosa, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con hambre. Gemí fuerte, moviéndome, ahogándolo en mis jugos. —Más profundo, cabrón. Hazme correr.
Corrí rápido, temblando, mi orgasmo explotando en su boca. Lo bajé jadeante, lo monté de golpe. Su polla me llenó entera, estirándome delicioso. Cabalgué salvaje, mis tetas botando, uñas clavadas en su pecho. —No te corras hasta que yo diga.
Cambié posición: lo desaté lo justo para ponerlo a cuatro patas. Le até las manos atrás, y le metí dos dedos en el culo mientras lo follaba desde atrás con mi mano guiando su propia polla… no, esperé. Agarré un strapon grueso de mi cajón, me lo ceñí. —Ahora vas a sentir quién manda.
Lo penetré lento al principio, su culo apretado cediendo. Él gruñía, sudando. Aceleré, embistiéndolo fuerte mientras le pajeaba la polla. —¡Córrete para mí, ahora!
Explotó gritando, leche caliente salpicando el suelo. Yo seguí hasta correrme otra vez, mi coño palpitando vacío pero satisfecho.
Lo desaté, él cayó de rodillas, exhausto, mirándome adorador. Yo me vestí tranquila, peinándome el pelo revuelto. Sentí el poder puro: lo había conquistado, roto, hecho mío. La adrenalina aún corría por mis venas. —Vete ahora —le dije—. Pero volverás cuando yo quiera.
Asintió, besó mis pies. Salí sonriendo, invencible. Esa noche, yo gané todo.