Acababa de escapar de esa cueva infernal, con el corazón latiendo fuerte y el cuerpo aún temblando por el Brachior. Pero no podía parar. Mi colgante… ese puto colgante mágico que dejé en la forest. Sabía que el pequeño cabrón, Bigbo, lo tenía. Lo olía en el aire. Karos, la ciudad de los constructores, no estaba lejos. Me colé como una sombra, capa negra cubriéndome, evitando a los guardias. Lo encontré en la forja de Vendel. Ese enano fornido martillaba hierro, sudoroso, con su polla abultando los pantalones. Dios, qué bulto. Recordé cómo me la metió en el bosque, pero esta vez… yo mandaría.
Lo vi por la ventana trasera. Sus manos fuertes, su culo prieto. Sentí el calor subiendo por mi coño. ‘Es mío’, pensé. ‘Le voy a dar lo que quiere, pero a mi ritmo’. Entré sigilosa cuando Vendel se fue a comer. Él se giró, sorprendido. ‘Tú… princesa… ¿qué haces aquí?’. Su voz temblaba, ojos en mi escote. Me acerqué lento, rozando su pecho con mis tetas. ‘Cállate, Bigbo. Sé que tienes mi colgante. Me lo das… después de que me folles como yo diga’. Él tragó saliva, polla endureciéndose ya. ‘P-pero… tu padre…’. Le puse un dedo en la boca. ‘Mis reglas. Quítate la ropa. Ahora’. Dudó un segundo, pero obedeció. Su verga saltó libre, enorme, venosa, goteando pre-semen. La agarré fuerte, sintiendo su pulso. ‘Buen chico. Vas a ser mi juguete esta noche’.
La Decisión de Hacerlo Mío
Lo empujé contra la pared de la forja, aún caliente del fuego. ‘De rodillas’. Se arrodilló, mirándome con hambre. Le abrí las piernas con el pie, rozando sus huevos. ‘Chúpame primero’. Me subí la falda, sin bragas, coño mojado brillando. Él se lanzó, lengua torpe al principio. ‘Más adentro, joder… lame mi clítoris… sí, así’. Gemí bajito, agarrando su pelo rojo. Lo usaba como quería, frotándome contra su cara hasta que chorros de mi jugo le empaparon la barba. ‘Levántate’. Lo puse de pie, su polla tiesa rozándome el vientre. La escupí, lubricándola. ‘Te voy a montar hasta que supliques’. Lo tiré al suelo sobre una piel de animal, me senté a horcajadas. Su verga cabezona entró de golpe en mi coño apretado. ‘¡Fuuuck! Qué prieta estás…’. Reí, clavando uñas en su pecho. ‘Cállate y aguanta’. Subí y bajé brutal, controlando cada embestida. Mis tetas rebotaban, sudor mezclándose. Cambié: me giré, culazo en su cara. ‘Lame mi culo mientras te follo’. Su lengua en mi ano, yo rebotando en esa polla monstruosa, estirándome hasta el límite.
El Placer que Dirigí Sin Piedad
Aceleré, coño chorreando por sus huevos. ‘No corras aún, cabrón’. Lo apreté con mis paredes, ordeñándolo. Él jadeaba: ‘No… aguanto… princesa…’. Le di una nalgada. ‘¡Aguanta! Quiero tu leche dentro’. Lo monté más duro, girando caderas, clítoris frotando su pubis. Orgasmos me sacudían, gritando: ‘¡Sí, joder, dame más polla!’. Finalmente, lo permití. ‘¡Córrete ahora!’. Su verga explotó, chorros calientes llenándome el coño, desbordando por mis muslos. Gemí triunfante, sintiendo su semen goteando.
Me bajé lento, su polla flácida chorreando restos. Él jadeaba en el suelo, roto. ‘Dame… el colgante’. Se lo sacó del bolsillo, temblando. Lo tomé, besándolo fugaz. ‘Buen chico. Fuiste perfecto’. Salí de la forja, piernas flojas pero poderosa. Lo había conquistado, dirigido cada segundo. Esa adrenalina… el ver su sumisión… me hacía invencible. Nadie me para. Soy Aerin, y tomo lo que quiero.