Anoche en la mansión, el aire estaba pesado. Él daba vueltas en la cama, insomne como siempre antes de sus vernissages. Su respiración agitada me rozaba la piel. Yo, desnuda a su lado, sentía su nerviosismo como un imán. Lo miré en la penumbra. Sus ojos perdidos en el techo. Suficiente. Decidí que era mío esa noche. Me incorporé despacio, el colchón crujió un poco. Él se tensó. ‘¿Qué pasa?’, murmuró. Silencio. Mi mano se posó en su pecho, bajando lento hasta su vientre. ‘Shh, déjame a mí’, le dije con voz baja, ronca. Él tragó saliva. Yo sonreí en la oscuridad. La casa susurraba, los suelos gemían, pero yo iba a mandar.
Me subí encima, mis muslos apretando sus caderas. Su polla ya se endurecía bajo mis nalgas. ‘No te muevas’, ordené, clavándole las uñas en los hombros. Él obedeció, jadeante. Besé su cuello, mordí suave esa granularidad nueva en su piel. Olía a sudor nervioso, a vino de la cena. Lamí su oreja, susurré: ‘Hoy follas cuando yo diga. ¿Entendido?’. Asintió, los ojos muy abiertos. La adrenalina me subía por la espina. Empujé mis tetas contra su cara, él intentó chupar un pezón. ‘No, espera’. Lo aparté. Mis dedos bajaron, agarré su polla dura, la apreté fuerte. ‘Esto es mío ahora’. Él gimió, ‘Sí, amor…’. Perfecto. La tensión explotaba en deseo puro.
La Tensión que Me Encendió
Lo volteé de un tirón, él de rodillas en la cama. ‘A cuatro patas’, mandé. Obedeció rápido. Mi coño chorreaba ya, lo notaba resbaladizo. Escupí en mi mano, unté su culo. Un dedo entró despacio, él gruñó. ‘Relájate, cabrón’. Otro dedo, moviéndolo adentro-afuera. Su polla goteaba pre-semen en las sábanas. Me coloqué detrás, pero no, quería más. ‘Túmbate boca arriba’. Lo empujé. Monté su cara, mi coño sobre su boca. ‘Come, lame bien’. Su lengua torpe al principio, luego ansiosa, chupando mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, la casa retumbaba con mis jadeos. ‘Más profundo, joder’. Me corrí rápido, temblando, mojándole la barbilla.
El Placer que Dirigí Sin Piedad
Bajé, su polla tiesa como una barra. La monté de golpe, hasta el fondo. ‘¡Ah!’. Él arqueó la espalda. Yo dictaba el ritmo: arriba-abajo, lento, luego salvaje. Mis caderas girando, apretando su base con mis paredes. ‘No corras aún, resiste’. Le pellizcaba los huevos, lo cabalgaba duro. Sudor por todos lados, piel contra piel chapoteando. Cambié: ‘De lado’. Lo giré, una pierna sobre él, embistiéndome yo misma. Su polla rozaba justo ahí, en mi punto G. ‘¡Fóllame más adentro!’. Él empujaba, pero yo controlaba. Lo apreté hasta que suplicó: ‘Por favor, déjame…’. ‘Ahora sí’. Aceleré, mis tetas botando, hasta que explotó dentro, chorros calientes llenándome. Yo me corrí otra vez, gritando su nombre.
Después, me dejé caer a su lado, jadeante. Él temblaba, exhausto. Lo miré, su cara de rendición total. ‘Buen chico’, le susurré, besando su frente sudada. Sentí el poder correr por mis venas, esa conquista pura. La mansión callaba ahora, satisfecha como yo. Él durmió al fin, pegado a mí. Yo sonreí en la oscuridad. Lo había tenido todo: su sumisión, su semen, su alma. Justo lo que quería. Mañana, él partirá a su mundo, pero recordará quién manda aquí.