Estaba en esa puta prisión de Versalles, contando los días. Bibliotecaria de las reclusas, casi libre. Me llamaban al despacho del director, Florian. Un tipo flaco, vojeado como Lagaffe, unos 45 años. Sus visitas semanales… sus miradas. Sabía que me deseaba. Yo, Ana, española de 48, fuerte como el acero después de nueve años por una injusticia. La libido reprimida, pero el control… eso lo tenía intacto.
Entro. ‘Siéntate, Ana. Buenas noticias: sales en un mes. Firma aquí’. Su voz tiembla un poco. Me acerco, huelo su colonia barata mezclada con sudor nervioso. Nuestras manos rozan al firmar. Siento su pulso acelerado. Lo miro fijo. ‘Gracias, Florian. Pero… ¿sabes? Quiero más que libertad hoy’. Él parpadea. ‘¿Qué dices?’. Me levanto despacio, cierro la puerta con llave. Clic. Suena como un disparo en el silencio.
La tensión que me hizo decidir: él sería mío
‘Has venido mucho a verme. Sonrisas ambiguas. Ahora, yo decido’. Me acerco, mi mano en su corbata. Él retrocede un paso, pero sus ojos brillan. ‘Ana, esto es… peligroso’. ‘Cállate. Desnúdate. Ya’. Mi voz firme, sin dudas. Él duda, pero obedece. Camisa fuera, pantalón cae. Su polla semi-dura asoma, media, venosa. ‘De rodillas’, le ordeno. Se arrodilla. Yo sonrío. La tensión me moja el coño. Él es mío ahora.
Le agarro la cabeza, pelo fino. ‘Mírame’. Acerco mi falda carcelaria, sin bragas debajo. Mi coño depilado, húmedo, le roza la nariz. ‘Saborea’. Él lame torpe al principio. ‘Más profundo, joder’. Empujo su cara contra mí. Su lengua entra, chupa mi clítoris hinchado. Gimo bajo. ‘Así, cabrón. Hazme correrme primero’. Siento el calor subiendo, mis muslos tiemblan. Él gime contra mi carne. La adrenalina de conquistar… me enloquece.
Lo empujo al suelo. ‘Ahora fóllame como yo diga’. Me monto encima, coño chorreando sobre su polla tiesa. La clavo de un golpe. ‘¡Ahhh!’. Él jadea. ‘Quieta. No te muevas’. Yo marco el ritmo, lento al principio. Subo y bajo, apretando mi coño alrededor de su verga. ‘Mira cómo te chupo la polla con mi interior’. Detalles: su prepucio arrugado, mis jugos resbalando por sus huevos peludos. Cambio posición. ‘De lado’. Lo giro, le monto de reversa. Mis nalgas rebotan contra su vientre. ‘¡Fuerte! Pero yo mando’.
El sexo brutal donde mandé yo y él se rindió
Acelero. Mi clítoris roza su pubis. ‘Tócame las tetas’. Él obedece, amasa mis pezones duros. ‘¡Más!’. Grito bajito, por si las guardias. Siento su polla hincharse. ‘No corras aún, puta’. Lo aprieto, lo ordeño. Cambio: lo pongo a cuatro. ‘Ahora tú detrás, pero lento’. Empuja, su polla entra hasta el fondo. Golpes húmedos, chap chap. Mi culo se abre para él, pero yo controlo: ‘¡Para! Más adentro’. Le meto un dedo en el culo para dominarlo. Él gruñe: ‘Ana… por favor’. ‘Cállate y fóllame el coño como una perra en celo’.
Lo monto de nuevo, cara a cara. Beso su boca sudada, muerdo su labio. ‘Córrete dentro. Lléname’. Él explota, chorros calientes bañan mi útero. Yo me corro segundos después, espasmos violentos, uñas en su pecho. Jadeamos. Su semen gotea de mi coño al levantarme.
Me visto tranquila. Él tirado, exhausto, polla flácida brillando. ‘Gracias por la libertad… y por esto’. Sonrío. Salgo. Esa noche, en mi celda, sonrío al techo. Lo tenía en mis manos, literalmente. Poder puro. Él sucumbió, yo mandé. Mañana, libre. Pero hoy, gané yo. Totalmente.