Tomé el control en un sex-shop: mi noche de dominación total

Estaba harta de leer esas historias en sitios eróticos, siempre la misma mierda: mujeres pasivas esperando que las follen. Yo no. Yo soy Lola, 35 años, tetas firmes, culo redondo y un coño que sabe lo que quiere. Decidí probar, pero a mi manera. Me vestí para matar: bustier de red negro-rojo que deja ver mis pezones duros, falda española fucsia con abertura hasta la cintura, sin bragas, tacones rojos lacados. Llamé un taxi. El chófer, un tipo moreno de unos 40, me miró por el retrovisor y tragó saliva.

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—Eh, guapa, ¿dónde te llevo? —preguntó, voz ronca.

La decisión que lo cambió todo

—Al sex-shop de la calle Oscura. Y no mires tanto, que aún no has ganado nada —le solté, sonriendo. Crucé las piernas, la falda se abrió, mi coño depilado al aire. Se puso nervioso, las manos apretando el volante. Le ordené:

—Para un segundo. Quítate los ojos de encima. Vas a hacer lo que yo diga esta noche, ¿entendido? Si no, te bajo aquí mismo.

Hizo que sí, sudando. Le tiré mi tanga roja: —Guárdala. Te la ganas luego. —Siguió conduciendo, yo me recosté, tetas al aire, pellizcándome los pezones. La tensión subía, su polla dura contra el pantalón. Llegamos al shop. Bajé, falda ondeando, coño fresco al aire. Él se quedó mirando, pero yo ya tenía otro plan.

Entré al sex-shop, luces tenues, olor a goma y lubricante. Tres tíos hojearon revistas, pero mis ojos fueron a ella: Cristina, la dependienta, morena tetona, culo prieto en mini falda. Me acerqué, bustier transparente, pezones erguidos.

—Muéstrame las bolas de geisha. Quiero sentirlas… en ti primero —le dije bajito, mano en su cadera. Se sonrojó, pero no se apartó.

—¿En… en mí? ¿Estás segura? —titubeó, mordiéndose el labio.

El clímax sin límites y mi victoria absoluta

—Segura. Desnúdate. Ahora. O te follo aquí delante de todos. —La llevé a la trastienda, cerré la puerta. Se quitó la blusa, pechos grandes sin sujetador, pezones oscuros. Falda abajo, coño rasurado, ya húmedo. La empujé al sofá, piernas abiertas.

—Tócate. Muéstrame lo cachonda que estás por mí. —Se metió dos dedos, gimiendo: —Sí… joder, qué mojada…

La tensión era eléctrica. Le até las bolas: una en su coño apretado, la otra presionando su clítoris. —Muévete, puta. Siente cómo vibran. —Se retorcía, cadenas tintineando, jugos chorreando por sus muslos.

Ahora el acto. La puse de rodillas: —Chúpame el coño. Lengua adentro, hasta el fondo. —Se abalanzó, lengua plana lamiendo mi raja, chupando mi clítoris hinchado. —Más fuerte, coño, ¡hazme correrme! —La agarré del pelo, follándole la boca con mi pubis. Estaba empapada, olor a hembra en calor. La tiré al suelo, cara arriba: —Abre las piernas. Voy a destrozarte.

Tres dedos en su coño chorreante, bombeando duro: —¡Mira cómo te abro, zorra! Siente mis uñas rozando tu G. —Gritaba: —¡Sí, Lola, fóllame más! —Le metí la cuarta, puño medio dentro, bolas vibrando contra mi mano. La giré a cuatro patas, lengua en su culo: —Relájate, voy a comerte el ojete. —Lamí su ano fruncido, dedo dentro mientras la fistía abajo. Se corrió gritando, squirt salpicando el suelo: —¡Me vengo, joder, no pares!

La monté, coño contra coño, tribbing salvaje. Mis caderas dictando el ritmo, clítoris frotando su clítoris, jugos mezclados. —Córrete conmigo, ahora. —Explosión mutua, cuerpos temblando, olor a sexo puro.

Satisfecha, me levanté, ella jadeando a mis pies. —Buena chica. Las bolas son mías. Y tú, la próxima vez, me esperas desnuda. —Salí, poder corriendo por mis venas. El chófer esperaba fuera, polla tiesa. Le tiré la tanga: —Mañana, te follo yo. Ahora lárgate. Esa noche dormí como reina, sabiendo que las había hecho suplicar. Poder total, coño satisfecho. ¿Quién necesita pasividad?

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