Hace unas semanas, llegué a la casa de campo de Bernardo, ese casado aburrido que me miró con ojos de cordero desde el primer día. Yo, con mi vestido negro ajustado, faldón tan corto que mis nalgas asomaban al caminar, sin bragas, tetas libres bajo la tela fina. Él abrió la puerta, sudando ya. ‘Hola, guapo’, le dije, rozando su pecho con mis pezones duros. Sentí su polla endurecerse contra mi muslo. ‘Esta noche mando yo. Invita a tus tres amigos viejos, pero solo follamos como yo diga. ¿Entendido?’
Dudó un segundo, tragando saliva. Yo le agarré la cara, le metí la lengua hasta la garganta, mordiéndole el labio. ‘No me hagas repetirlo, o te dejo con las ganas’. Llamó a Serge, Henri y Marcel. Llegaron rápido, oliendo a colonia cara y deseo reprimido. Vestidos de traje, barrigudos pero con clase. Los miré uno a uno, sonriendo. ‘Quitaos todo. Ahora’. Se desvistieron torpes, pollas semierectas colgando. Bernardo me miró suplicante. ‘Siéntate en el sofá, amor. Tú primero eres mío’. Me acerqué, caminando lento, sintiendo sus ojos en mi coño depilado que ya brillaba de jugos.
La Tensión de la Conquista
Me subí encima de Bernardo, restregando mi chochito húmedo por su polla gorda. ‘Mírame a los ojos mientras te monto’. Bajé despacio, tragándomela entera hasta las huevos. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gimió él. Yo reí, clavándole las uñas en el pecho. ‘Cállate y agárrame las caderas. Tú solo follas cuando yo diga’. Aceleré, subiendo y bajando, mis tetas botando contra su cara. ‘Chúpamelas, lame fuerte’. Él obedeció, succionando mis pezones hinchados. Serge se acercó, polla en mano. ‘A mí me toca el culo’, ordené. Me incliné, escupí en mi ano y guié su verga fina. ‘Métela despacio… ¡ahí, hasta el fondo!’. Sentí el estirón, el dolor placentero. Ahora doble penetración: Bernardo en el coño, Serge en el culo, yo marcando el ritmo con las caderas.
El Placer que yo Dirigí
‘¡Más fuerte, cabrones!’. Henri y Marcel esperaban, pajéandose. ‘Henri, a mis tetas. Marcel, dame tu polla en la boca’. Henri se arrodilló, mamando mis ubres como un ternero, tirando de los pezones hasta que dolían rico. Abrí la boca y engullí la verga gruesa de Marcel, chupando con hambre, saliva goteando. ‘Glup… glup…’, sonidos obscenos llenando el salón. Cambié posiciones: ‘Bernardo, túmbate. Yo me siento en tu cara’. Le ahogué con mi coño chorreante, moviéndome para que lamiera mi clítoris hinchado. ‘¡Lame bien, joder, o no te corres!’. Serge me follaba el culo de pie, embistiéndome salvaje. ‘¡Sí, rómpeme el ojete!’. Marcel se metió bajo mí, polla en el coño mientras Henri me la metía en la boca otra vez. Cuatro pollas para mí, yo decidiendo quién entra dónde, quién gime primero.
Grité mi orgasmo primero, chorros calientes mojando a Bernardo. ‘¡Ahora vosotros, llenadme!’. Serge explotó en mi culo, semen caliente chorreando. Marcel en mi boca, tragué todo, lamiendo el glande. Henri eyaculó en mis tetas, Bernardo en el coño. Exhaustos, jadeando en el sofá. Yo me levanté, semen resbalando por muslos, ano palpitando. ‘Habéis sido buenos chicos. Pero recordad: yo soy la puta jefa’. Me vestí lento, viéndolos rendidos, pollas flácidas. Esa noche los conquisté, los usé. Poder puro corriéndome por las venas. Volveré cuando quiera más.