Ahí estaba él. El mismo bombero que vi el primavera pasada en el centro hípico. Alto, pelo negro corto, piel como chocolate fundido, ojos dulces pero firmes. Lo memoricé todo mientras buscaban un cadáver en el estanque, durante la clase de mi hija. Siempre me han puesto los bomberos. Ese uniforme… uf. Mi marido se ríe, pero sigo viendo series de ellos sin parar.
Hoy los llamé yo. No por capricho. Clara, mi amiga, se torció el tobillo con la carretilla de zanahorias y pienso. La llevaron al hospital. Sin familia cerca, me pidió que la acompañara. Mi marido recogió a la niña, y subí al camión con ella y el cabo… digamos, Marcos. Baches en el camino. Uno fuerte me desequilibró. Él me atrapó: mano en el hombro, la otra en mi teta. Profesional, no la quitó hasta que me estabilicé.
La decisión que encendió todo
Ese roce… me dejó la piel ardiendo. Pero Claire primero. Casada quince años, fiel. Mi marido me folla bien, no finjo, pero el rutina me aburre. Él quiere siempre, yo necesito algo más… salvaje.
En el hospital, la atienden rápido. Me quedo esperando, mirando por las ventanas: gansos en V, coches yendo y viniendo. El camión se va, pero él está fuera, con el móvil. Nuestras miradas chocan. Nos acercamos.
—¿Noticias de tu amiga?
—Aún no. ¿Y tú? Vi el camión irse.
—Tristán va a por gasolina. Me recoge luego. Pausa.
Me vibra el móvil. Clara dice que tardan, que vuelva a casa. Le pregunto por el bus.
—O te dejo en la caserna, te ahorras caminar mucho.
—Gracias… y esta vez, sin bombero para pillarme si tropiezo —sonrío, guiñando.
Ríe. Charlamos tonterías. Vuelve el camión. Nos subimos atrás, solos. Pega su pierna a la mía. No me aparto. Sube la mano por mi muslo… lento. Yo decido: esta noche es mío. Lo miro fijo.
—Espera. Hoy mando yo. ¿Entendido?
El polvo brutal donde mandaba yo
Asiente, ojos brillantes. Le cojo la mano, la pongo en mi coño por encima del pantalón. Siente la humedad. “Buen chico”, murmuro. Le beso el cuello, muerdo suave. Él gime. Le digo: “No beses mi boca aún. Espera mi orden”.
Llegamos a la caserna. Bajamos, aire inocente. “¿Quieres ver el sitio?”, pregunta. Sonrío. Entro, sabiendo que lo follaré aquí.
Paseamos salas. En cada puerta, me roza adrede. Yo lo empujo contra la pared: “Para. Ahora mi turno”. Lo llevo a su despacho, cierro con pestillo. Clico.
Lo empujo al escritorio. Le arranco la camisa. Pecs duros, abs marcados. Laméo sus pezones, muerdo. Baja mis pantalones, pero yo paro: “Despacio. Quítame todo, de rodillas”.
Obedece. Me lame las tetas, chupa pezones duros como piedras. Mi coño chorrea. Le bajo los pantalones: polla larga, fina, tiesa. La cojo, aprieto. “Mía ahora”. Le meto un dedo en el culo, lubricado con mi saliva. Se pone como hierro.
Me siento en el borde, abro piernas: “Fóllame ya”. Entra de un golpe. Ritmo brutal, yo marco: “Más rápido… sí, así”. Gimo fuerte, orgasmo tras orgasmo. Tiemblo, clavo uñas en su espalda.
Lo saco: “Ahora a cuatro”. Lo pongo a él. Le como el culo, meto dos dedos. Chupa mi clítoris, lengua experta. Aspira, mete en mi ano. Exploto gritando.
Vuelvo: lo monto a lo cowgirl. Cabalgo salvaje, polla hundiéndose profunda. Él suplica: “Por favor…”. “No corres tú”. Cambio a levrette, me embiste pero yo empujo atrás.
Lo pongo de rodillas: “Chúpamela toda”. Trago su verga entera, bolas en la boca. Dedos en su culo. Explota en mi garganta. Trago todo, le beso: “Buen chico”.
Móvil suena. Clara. Me visto rápido. Salgo, piernas temblando. Lo dejé seco, rendido. Poder total. Volveré por más.