Me llamo Ana, tengo 47 años, soy madre, católica practicante, pero joder, qué ganas tenía de soltarme. Trabajo en una radio local con Bastian, un chaval de 25, tímido como el demonio, flaco pero con un culo que me volvía loca. Siempre lo picaba, con sus indirectas puritanas, pero yo notaba cómo me miraba. Sus ojos verdes clavados en mí durante las emisiones. Yo, morena, delgada, deportista de handball, con tetas pequeñas y un coño que mi marido ya no llenaba del todo.
Todo empezó esa noche en el gimnasio. Él entrenaba a las chicas, se retrasó. Entré a cerrar, luz encendida, y zas, allí estaba, desnudo bajo la ducha. Su polla pequeña, floja, colgando entre piernas blancas. Faldones firmes, eso sí. Me vio, se puso rojo como un tomate. ‘Perdón, Ana, creí que no había nadie’. Salió pitando, pero yo ya lo había mamado todo. Esa imagen me dio vueltas toda la noche. Al día siguiente, le pedí que me llevara a la estación. Lluvia torrencial, tren cancelado por inundaciones. En mitad de la nada, su coche se para. Empapados, vimos una casa rural. Los dueños nos alquilaron una cabaña cutre: cocina, baño, y una habitación con un colchón de 120. Pequeño, íntimo. Perfecto.
La tensión que me encendió y mi decisión de poseerlo
Entramos chorreando. ‘Voy primero a la ducha, Bastian, o me resfrío’. Me puse una camiseta vieja de pijama, sin bragas ni sujetador. Salí, él temblando en el pasillo. ‘Venga, dúchate tú. Duerme conmigo, nos apretamos’. Se puso nervioso. ‘¿Desnudo?’. Sonreí. ‘Ya te vi ayer, tu polla no es un secreto. No seas bobo’. Se metió, salió rojo, cubriéndose con la ropa mojada. ‘Cuelga eso ahí’, le dije señalando la silla. Se giró, vi su culo musculado. Luego se volvió, polla tímida asomando. Dios, qué ganas de morderla.
Me levanté a apagar la luz del fondo, me subí de puntillas, la camiseta se levantó. Sabía que me veía el culo plano, el coño peludo asomando. No dije nada. Volví a la cama, levanté la sábana alto, mirándolo fijo. ‘Ven aquí, chaval’. Se metió, pegado a mí. Su piel caliente contra la mía. Olía a jabón, a nervios. Yo de lado, él también, nuestras caras cerca. Sentí su aliento acelerado. ‘Bastian… ¿sabes qué? Esta noche mando yo’. Puse mi mano en su pecho, bajé despacio. Su polla… ya medio dura. ‘Mira cómo responde. No seas tímido, déjame jugar’. Él balbuceó: ‘Ana, yo… no sé si…’. ‘Calla. Vas a darme placer, y yo el tuyo. Reglas mías’. Le apreté los huevos suaves, su polla creció en mi palma. Dura, venosa, no grande pero tiesa. Lamí su cuello, mordí oreja. ‘Te voy a follar hasta que supliques’.