Entró en la librería del Ve, con esa mirada nerviosa. Buscaba una placa con una tía meando delante de un tío pajero. ‘Ya la vendí’, le dije, pero vi el brillo en sus ojos. Ese obseso del erotismo… perfecto para mí. ‘Ven, te enseño la trastienda’, le susurré, con voz segura. Era alto, cuarentón, con pinta de no follar mucho. Yo, con mi gilet blanco ajustado, pantalón negro ceñido, pelo largo rubio. Clase, pero puta por dentro.
Lo metí en el cuartucho de 6 metros cuadrados. Estanterías por todos lados, aire cargado de polvo y deseo viejo. Saqué un cartón con grabados uro. ‘¿Te mola el pis o el voyeur?’, le pregunté directa. Tartamudeó: ‘Eh… el uro’. Le mostré una burguesa desnuda meando en el campo, otro tío cascándosela. ‘Bonito, ¿no? Pero dame tu polla, quiero ver si te pone’. Su cara… priceless. Puse la mano en su bragueta. Dura ya. ‘¡Joder, bandea!’. Bajé la cremallera, metí la mano en el slip, saqué esa verga tiesa, caliente, palpitante. Olía a hombre sudado. ‘Ahora vas a pajearte mientras yo decido’. Él: ‘¿Qué? Tu marido…’. ‘Jérôme se la suda, le cuento todo después. Tú, obedece’.
La Decisión de Conquistarlo: Tomo las Riendas
Lo tenía. Mi conquista empezaba. ‘Quítate la ropa, todo’. Se desnudó rápido, polla al aire, goteando ya. Yo me bajé el pantalón despacio, string negro asomando, culo cambrado. Se le caía la baba. ‘Mírame bien’. Me quité el string, coño rasurado, listo. ‘Ahora yo me meo, tú te asturbas. Prepara un pañuelo, no manches las estanterías’. Se agachó sobre una caja plástica vacía. ‘¡Hazlo ya!’, le ordené. Empecé: gotitas calientes salpicando, luego chorro fuerte, amarillo, olor fuerte a pis fresco. Chof, chof contra el plástico. Él se pajeaba furioso, ojos fijos en mi coño abierto. ‘Más lento, cabrón, no corras’. Gemí bajito, el placer de controlarme, de verlo rendido. Se levantó, sonrisa pícara. ‘Ahora…’. Pero yo mandaba.
El Placer Brutal: Dirijo Cada Empuje y Grito
Llamé: ‘¡Jérôme!’. Entró, calvo, gafas, ya sabiendo el juego. El cliente blanco como leche. ‘Tranquilo, ahora follamos los tres. Yo digo cómo’. Me puse de rodillas, tragué su polla primero, profunda, saliva chorreando, garganta apretando. Glup, glup. Luego la de mi marido, comparando: la suya más gorda. ‘Túmbate’, al cliente. Me subí encima, coño chorreando pis y jugos, empalé su polla de un golpe. ‘¡Aaaah, joder!’. Cabalgué salvaje, tetas bronceadas botando, pezones duros rozando su pecho. ‘Chúpamelas, lame’. Él obedecía, lengua torpe. Giré, polla en mi culo ahora, apretado, lubricado con mi saliva. ‘¡Fóllame el ojete, pero yo marco el ritmo!’. Jérôme detrás, metiendo su verga en mi coño. Doble penetración, estirada al límite, jugos por todos lados, olor a sexo crudo, sudor, pis. Gritaba: ‘¡Más fuerte, cabrones! ¡Soy yo la jefa!’. Él no aguantó, ‘Me corro…’. ‘¡Dentro, lléname!’. Chorros calientes en mi culo. Jérôme eyaculó en mi coño, gemidos roncos.
Me aparté, semen goteando de mis agujeros, ellos jadeando en el suelo. Yo de pie, desnuda, poderosa. ‘Límpialos con la lengua’, ordené al cliente. Lo hizo, lamiendo mi coño y culo sucios. Sonreí. Exacto lo que quería: su rendición total, el subidón de mandarlo todo. Les di sus ropas. ‘La reproducción de la placa, para el jueves. Paga y lárgate’. Cogió su cartera tembloroso, dejó el anticipo. Salí desnuda un segundo al mostrador, riendo. Puerta cerrada, noche parisina. Me sentía diosa. Él sucumbió, mi marido testigo. Adrenalina pura, coño palpitando aún. Mañana, otro cliente. Yo controlo siempre.