Estaba en el Pabellón de la Volière, bajo esas luces tenues, con el aire cargado de ambra y sudor. La fiesta bullía, máscaras por todos lados, risas falsas. Vi al marqués, Louis Henri, con esa sangle que marcaba su paquete, orgulloso de su cornamenta. Todos cuchicheaban, el Rey observaba desde su trono falso. Él acababa de follarse a la lingera allí mismo, delante de todos. Insolente. Pero yo… yo sentí esa chispa. Esa necesidad de control. Me acerqué, mi vestido azul noche abierto hasta el muslo, mis tetas empujando el corsé. ‘Marqués’, le susurré al oído, mi aliento caliente en su cuello. ‘Has hecho un espectáculo. Ahora, yo decido el siguiente acto’. Él se giró, ojos brillantes, polla aún medio dura bajo la tela. Dudó un segundo. ‘¿Y si digo no?’, murmuró. Sonreí, le clavé las uñas en el brazo. ‘No dirás no. Esta noche, yo mando. Tú obedeces. O te dejo con tu rabia sola’. La tensión crepitaba. El Rey nos miró, Athénaïs –mi rival– arqueó una ceja. Pero él… él asintió, tragando saliva. Lo arrastré a una salita lateral, velours rojos en las paredes, una lanterna parpadeando. Cerré la puerta. ‘Quítate todo’, ordené. Sus manos temblaron al desabrochar. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen. ‘De rodillas’, dije. Él obedeció, mirada baja. Pero yo quería más. ‘Mírame mientras te como’.