Dios, qué calor de mierda en esta colegiata ese verano. Yo, sudando la gota gorda, con la falda pegada a las piernas, intentando tocar esa puta fuga en el órgano. El profesor, ese alemán tieso, Herr Karl, de pie detrás de mí, gritando ‘¡Medida 174, otra vez!’. Sus ojos clavados en mi espalda, en mis hombros… lo notaba. Yo, con los dedos volando por los teclados, pero el sudor me resbalaba por el escote, goteando hasta el ombligo. ‘¡Más rápido, más ritmo!’, ladraba él, con la voz aguda. Me cabreaba, pero… joder, también me ponía cachonda esa autoridad suya. Pensé: ‘Basta ya. Hoy mando yo’.
Me giré un poco, lo miré por encima del hombro. Él, con la partitura en la mano, sudando también bajo esa camisa blanca. ‘Ven aquí’, le dije bajito, con esa voz ronca que sé que derrite. Dudó, eh… ‘¿Qué pasa, mademoiselle?’. Sonreí, estiré la mano y lo agarré del brazo. Tiré de él, lo puse delante, entre mis piernas abiertas sobre el banquito. El órgano aún vibraba con las notas graves que acababa de pisar. ‘Siéntate’, ordené, y él obedeció, los ojos como platos. Mi falda ya estaba subida, mi coño húmedo rozando el borde de la madera. Lo besé fuerte, metiendo lengua, mordiendo su labio. ‘Hoy toco yo la melodía, profesor’. Le bajé la cremallera, saqué esa polla que ya estaba tiesa como una vara. Gruesa, venosa… la apreté, sentí cómo palpitaba. ‘¿Te gusta?’, susurré, mientras la chupaba despacio, lamiendo la punta salada de precum. Él gimió, ‘Sí… oh…’. Pero yo paré. ‘No tan rápido. Tú solo disfruta’.
La Tensión que Me Hizo Decidir
Lo empujé contra el teclado, su espalda contra las teclas altas que sonaron como un lamento. Me subí encima, a horcajadas, mi coño mojado tragándose su polla de un solo golpe. Joder, qué llena me dejó. Entró hasta el fondo, rozando mi punto G. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada vena frotando mis paredes. ‘Mira cómo te follo’, le dije al oído, clavándole las uñas en el pecho. Él jadeaba, manos en mis tetas, amasándolas. Pero yo las aparté. ‘No toques. Solo siente’. Aceleré, rebotando fuerte, el banquito crujiendo, las vibraciones del órgano subiendo por mi culo. Sudor mezclado, olor a sexo crudo llenando el aire. Cambié posición: lo puse de rodillas en el pedalier, yo de pie, empujando su cabeza contra mi coño. ‘Come, lame mi clítoris’. Su lengua torpe al principio, pero yo guiaba: ‘Más adentro… sí, así… chupa fuerte’. Me corrí la primera, temblando, jugos en su cara. Luego lo giré, lo monté de reversa, mi culo rebotando en su polla. ‘Fóllame el culo si quieres’, le dije, pero no, yo decidí: lo cabalgaba vaginal, apretando con mis músculos hasta que gritó. ‘¡Me vengo!’, suplicó. ‘No hasta que yo diga’. Lo ordeñé más, hasta que explotó dentro, chorros calientes llenándome.
Al final, él jadeando en el suelo, polla flácida goteando, yo de pie, limpiándome con la falda, sonriendo. ‘Buena lección, ¿eh?’. Me miró, rendido, con esa cara de ‘qué coño ha pasado’. Yo me sentía… poderosa, joder. Como una diosa que acaba de conquistar su templo. El sol se ponía por las vidrieras, el aire olía a nosotros, y supe que lo había tenido exactamente como quería. Él, mío por completo. Adrenalina pura, placer total. Mañana… ¿repetimos?