El tren traqueteaba hacia Auvernia, y yo sentía esa llamada primitiva en las venas. La tierra volcánica, los campos de girasoles mecidos por el viento, me ponían cachonda. Hacía meses que no follaba, reprimida por el duelo de mi padre adoptivo. Pero hoy, no. Hoy iba a soltarme. Vi el paisaje cambiar: colinas de lava, casas bajas de piedra, el olor a tierra húmeda colándose por la ventana. Mi coño palpitaba. Bientôt… unas horas y estaría allí.
Bajé en la estación de Murat, el viento caliente azotándome las piernas bajo la falda corta. Y ahí estaba él: un tío alto, fornido, con ojos húmedos por el funeral. Amigo de la familia, brazos abiertos, sonrisa triste. ‘Bienvenida, te esperábamos’, murmuró. Le miré de arriba abajo: pecho ancho, manos grandes, paquete marcado en los pantalones. Mmm. Sentí la adrenalina. Este va a ser mío. Me acerqué, pegué mi cuerpo al suyo, inhalé su olor a hombre rural, sudor y tierra. ‘Ven… te espero yo a ti ahora’, le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Se tensó, pero no se apartó. Buena señal.
La Decisión: Él Será Mío Esta Noche
Caminamos hacia la casa familiar, el sol cayendo sobre los tournesols. Yo iba delante, meneando el culo adrede. ‘Hoy mando yo’, le dije parando en seco, girándome. Él tragó saliva: ‘Eh… ¿qué dices?’. Le puse un dedo en los labios. ‘Cállate. Vas a follarme como yo diga. O te dejo con la polla dura aquí mismo’. Sus ojos se encendieron, el bulto creció. Le agarré la mano y la metí bajo mi falda: ‘Tócame, siente lo mojada que estoy por ti’. Jadeó, dedos temblorosos rozando mi tanga empapada. ‘Joder…’. Tension subiendo, mi corazón latiendo fuerte. Le besé salvaje, lengua dominando su boca, mano apretándole los huevos por encima del pantalón. ‘A la casa. Ahora. Y no corras, que mando yo’.
Entramos, cerré la puerta de un portazo. Le empujé contra la pared de piedra fría. ‘Quítate la camisa’. Obedeció, torpe. Le lamí el pecho peludo, mordí un pezón. ‘Pantalones abajo’. Polla dura saltó libre: gruesa, venosa, goteando precum. ‘Mmm, buena polla. De rodillas’. Se arrodilló, yo abrí las piernas: ‘Come mi coño’. Sacó la lengua, torpe al principio. ‘Más adentro, joder, lame el clítoris’. Gemí, agarrándole el pelo, restregándome en su cara. Olor a sexo, mi humedad chorreando por su barbilla. ‘Ahora, fóllame la boca’. Me puse de rodillas un segundo, tragué su verga hasta la garganta, babas cayendo. Pero yo controlo: le paré. ‘A la cama. Boca arriba’.
El Placer Bajo Mi Mandato: Follada Intensa y Cruda
Le até las manos con mi bufanda al cabecero. ‘No te muevas’. Me subí encima, coño rozando su polla. ‘Mírame mientras te monto’. Bajé despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome. ‘¡Ahhh, sí!’. Cabalgué fuerte, tetas rebotando, clítoris frotando su pubis. ‘No corras aún, resiste’. Él gruñía: ‘Por favor…’. Aceleré, sudor perlando su piel, olor a sexo invadiendo la habitación. Cambié: de espaldas, culo en pompa. ‘Métemela por el ano, pero lento’. Ungüento de la mesita, empujé yo. ‘¡Joder, qué prieta!’. Bombeé, controlando el ritmo, mis gemidos mandando. Le desaté una mano: ‘Tócame el clítoris’. Orgasmos míos primero: exploté, chorros mojando sus huevos. Luego le dejé correr: ‘Ahora, lléname de leche’. Chorros calientes dentro, cuerpo temblando.
Me aparté, polla flácida goteando. Le miré desde arriba, desnuda, poderosa. ‘Lo has hecho bien, cabrón’. Él jadeaba: ‘Eres… increíble’. Sonreí, limpiándome el coño con sus calzoncillos. Sentí la euforia: lo había conquistado, dirigido cada embestida, cada gemido. La tierra auvernatesa vibraba conmigo, mi cuerpo regenerado. Él sucumbió total. Yo, la reina. Mañana, quizás repito. Pero hoy, satisfacción pura. Poder en cada poro.