Camino descalza por el muelle, el polvo del día se pega a mis pies como una segunda piel. La piedra aún guarda el calor del sol, tibia bajo mis talones. Me siento en el banco de madera, falda subiendo sola, mis muslos desnudos rozan la superficie áspera. Siento el pulso en mis venas, latiendo suave. La noche huele a río y gasolina vieja. Nadie viene aquí. O eso creo.
No vengo a hablar. Vengo a tomar. Bassin pesado, lo planto primero. Palmas a los lados, anclas. Rodillas se abren un poco, un suspiro escapa. Pies adelante, polvorientos, listos. Si alguien llega, verá la curva de mi planta, el esmalte negro astillado en los dedos. Eso basta. Siempre ha bastado para que abran la boca.
La Toma de Control en la Noche del Muelle
Oigo pasos. Gravilla crujiendo, respiraciones cortas. No miro. Deslizo el pie izquierdo sobre la madera, planta hacia la luna. Él se para a tres metros. Sombra nerviosa, manos en los bolsillos. Traga saliva, lo oigo.
—Siéntate.
Mi voz sale baja, como un hilo. No ordeno. Afirmo. Se acerca, se sienta al otro lado. El banco vibra con su peso. Su rodilla tiembla. “¿Vienes… vienes mucho por aquí?”, balbucea. No respondo. Giro el pie, rozo el aire entre nosotros. Calor de mi piel llega hasta él.
Él se inclina un poco. Yo bajo la voz: “¿Sabes qué queda cuando no hay palabras? El cuerpo. Y lo que le debes.” Su hombro cae. Acercó la punta de los dedos, roza su muslo. Tiembla. Cierro los ojos, ofrezco la planta suspendida. “Toma.”
Sus dedos tocan. No aprieta. Bajo el peso, suave al principio. Piel contra piel. Presiono el nervio en su mano. Gime bajito. “Dilo”, susurro. Silencio. Roto mi tobillo, planta girando lenta sobre sus nudillos. “Quiero… lamer el polvo de tus pies. Quiero… perderme debajo.”
Sonrío. Guío su mano al suelo. Se arrodilla. Mi planta en su nuque, ligera. “Bien. Ahora, lame.” Su lengua toca, áspera, caliente. Sabe a sal y noche. La tensión sube, mi coño palpita ya.
El Follón Brutal Bajo las Estrellas
Lo miro. Sus ojos suplican. “Quítate los pantalones”, digo. Obedece, polla dura saltando libre, venosa, goteando ya. Pero yo mando. “Primero, mi coño. Arrodíllate bien.”
Le abro las piernas, falda arriba. Su cara entre mis muslos, nariz rozando mi clítoris hinchado. “Lame, cabrón. Chupa fuerte.” Lengua entra, moja todo. Gimo, agarro su pelo. “Más adentro, joder. Sí, así… lame mi coño como si fuera tu vida.” Siento su saliva chorreando, mis jugos mezclados. Empujo su cabeza, follo su boca. El banco tiembla con mis caderas.
Me corro primero, fuerte. Temblores me sacuden, coño contrayéndose en su lengua. “Ahora, fóllame. De rodillas, no te muevas.” Me pongo de pie, lo empujo contra el banco. Monto su polla de un golpe, empalándola hasta el fondo. “¡Joder, qué dura!” Cabalgo salvaje, tetas botando. Manos en su pecho, uñas clavadas. “No te corras aún. Aguanta, puta.”
Giro, polla en mi culo ahora. Despacio al principio, luego rabiosa. “¡Fóllame el culo, pero yo marco el ritmo!” Gruño, sudando. Sus manos intentan tocar, las aparto. “Solo sientes. Mi coño, mi culo, mi placer.” Lo ordeño, aprieto. Él jadea: “Por favor… me corro…” “¡No! Dame otro orgasmo primero.”
Lo monto de nuevo, coño apretando su polla. Ritmo brutal, piel chocando. Me corro otra vez, gritando bajito. Entonces: “Córrete dentro, lléname.” Explota, leche caliente inundándome. Siento cada chorro, pegajoso, profundo.
Me levanto. Su polla sale flácida, goteando. Lo miro, arrodillado aún, cara brillando de mis jugos. Sonrío. Poder puro recorre mis venas. “Vete. No me sigas.” Camino descalza, polvo fresco en pies, coño lleno de él. La noche mía. Yo controlo. Siempre.
En casa, loft vacío, me siento en el suelo. Huelo a sexo, a victoria. Presiono mi propia planta, recuerdo su lengua. No lavo nada. Ese poder, es mío. Mañana, otro. O quizás ella. Pero yo decido.