Cómo Tomé el Control y Hice Gemir a Paula de Placer

Paula estaba hecha un ovillo bajo su edredón beige, con el pelo revuelto y los ojos pegados de sueño. Llevaba una camisola negra de algodón, nada debajo. Solo su cruz de plata en un hilo negro. Me arrodillé en la cama, puse el desayuno con cuidado: croissants de mantequilla y de mermelada de albaricoque, zumo de naranja, miel y brioches como a ella le gustan.

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Me incliné y besé su oreja derecha, tibia bajo mechones. Estaba preciosa así. Habíamos pasado la semana en su casa desde aquella noche loca. Cada día la descubría más: sus gestos suaves, llenos de sensualidad. Follando cada rato: mañanas adormiladas, mediodías exhaustos, noches salvajes. Tocándonos de todo modo: tierno, bestial. Pero yo quería más. Hoy, yo mandaba.

La Tensión que Me Hizo Decidir: Ella Será Mía

Le besé la mejilla, pasé los dedos por su antebrazo. Cerró el puño, yo metí mi dedo y lo apretó fuerte. ‘Paula, estás preciosa’, le dije. Tembló. Besé su nariz fina, la chupé entera, lengua en sus fosas. Se removió, gimió bajito. Iba a despertarla, calentarla, volverla loca. Si quería dormir después, la arrullaría. Pero primero, mía.

Le besé la boca, aliento mañanero, lengua pegajosa. La mía plana sobre la suya, moviéndome. Pasiva, se dejaba. Agarró mi mano entera. Subí su camisola, vi su vientre liso, ombligo perfecto, muslos firmes, su coño peludo, negro y rizado. Seco aún. Dedos dentro: húmeda ya, tierna. Toqué su clítoris dormido, se endureció. Abrió los ojos. ‘Flor, hola cariño’, murmuró.

‘Bienvenida, Paula’, besé sus labios sin parar de juguetear. Se incorporó un poco, yo seguí. ‘Tengo sed’, dijo. Le pasé el zumo. Bebió, labios húmedos. Me lo ofreció, bebí. Nuestras bocas al vidrio, ojos clavados. Bajó el vaso, besos con zumo tibio de su boca. Se derramó por su barbilla, lo lamí triunfante. ‘¿Quieres que coma por ti?’, rio. Croissant de albaricoque en mi boca, lo pasamos de lengua en lengua, cada vez más rico con su saliva.

Metió dedos en la miel, se untó la cara. Limpié sus cejas, nariz con besos. Me untó labios, los lamió. La tumbé, genou sobre sus muslos. Besos de frente a pies, por su valle, piernas. Olía su coño, metí nariz entre labios mayores. Tembló. Lengua entera dentro: sabor íntimo, de mujer, solo mío. Me volvía loca esa entrega.

El Acto Brutal Bajo Mis Órdenes y Mi Triunfo

Aquí empezó mi control total. ‘No te muevas, Paula. Hoy yo decido’, le ordené bajito, voz firme. ‘Vas a correrte como nunca, pero bajo mis reglas. Si gimes, sigo. Si te resistes, paro’. Asintió, ojos grandes. Empujé lengua contra clítoris hinchado. Manos melosas abriendo sus labios, exponiendo todo. Lamí bordes, succioné clítoris, mordí suave con dientes. Gimió salvaje.

‘Ojos en mí’, mandé. Ondulaba caderas, fosas contra mi cara. Tragaba su flujo viscoso, salado. Dedos malaxando carne, metiendo dos, tres en su coño chorreante. ‘Más adentro, Flor… por favor’, suplicó. Aceleré, lengua batiente, nariz en su humedad. ‘Cállate y siente. Vas a explotar cuando yo diga’.

Gritó ‘¡Sí!’, manos en mi pelo, empujando. La follé con dedos curvados, pulgar en clítoris. Convulsiones, ‘¡Mírame!’. Subí, cara empapada, mordí su boca. Agarró mis manos, las hundió en su coño. Cuatro dedos, estirándola. ‘¡No pares, joder!’, aceleró ella sobre mí. Explotó: grito gutural, cuerpo arqueado, chorros calientes en mi mano. ‘Flor… no puedo más’.

Se quedó quieta, pegada a mí, sábanas pegajosas de miel y corrida. Pasó mano por mi muslo, despertándome. Pero yo sonreía. La había tenido, la hice mía. Poder puro: su rendición, mi mando. Orgasmos suyos son míos. Me sentía diosa, invencible. ‘Ahora descansa, mi puta. Mañana, más’.

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