Era tarde, la noche caía suave en ese septiembre tibio. Al pie del edificio gris de diez pisos, un plátano flaco crecía en la pelouse raída, llena de colillas, papeles, latas de cerveza y refrescos. Me apoyé en el tronco, mis brazos alrededor de su cuello, pegándolo a mí. Él, grande, moreno con pelo rizado, camisa de cuadros abierta dejando ver sus brazos tatuados y un brazalete de cuero en la muñeca, tenía las manos planas en mis riñones. Yo, pelirroja, gafas de sol clavadas en el pelo, cara pálida con pecas, ojos oscuros con ese delineador azul que se corría hasta las mejillas. Alta, delgada, pecho plano, vestido ligero de flores descoloridas pegado al cuerpo.
Nos mirábamos de cerca, vientres pegados, bocas casi tocándose. Él murmuraba algo de ir al bosquecillo, pero yo ya había decidido. Basta de juegos. Esta noche era mía. Lo miré fijo, mis dedos enredándose en su pelo rizado. ‘Ni se te ocurra moverte de aquí’, le dije, voz baja, ronca. Él parpadeó, sorprendido. ‘Pero… tu madre…’, balbuceó. Solté una risa corta. ‘Mi madre está pegada a la tele, comiendo macarrones. Su tipo se emborracha en el bar hasta medianoche. No mires atrás, mírame a mí.’
La decisión que lo cambió todo
Sentí su polla endureciéndose contra mi muslo. Perfecto. La tensión subía, su respiración acelerada. ‘Vas a hacer lo que yo diga’, susurré, mordiéndome el labio. ‘Nada de prisas, nada de bosquecillo. Aquí, ahora, bajo mis reglas.’ Él tragó saliva, manos temblando en mi cintura. ‘Vale… pero…’, intenté cortarlo con un beso duro, lengua invadiendo su boca. Lo empujé más contra el árbol, mi mano bajando por su pecho tatuado, hasta el botón del vaquero deslavado. ‘Cállate. Desabróchalo tú mismo.’ Obedeció, torpe, excitado. Yo sonreí, sintiendo el poder. Esta era mi conquista.
Lo giré rápido, su espalda contra el plátano. Le bajé el pantalón de un tirón, su polla saltando libre, gruesa, venosa, ya goteando. ‘Mira qué puta estás’, le dije, agarrándola firme, masturbándola lento. Él gimió, ‘Joder, sí…’. Le metí la mano en la boca. ‘No hablas. Solo gimes.’ Me arrodillé, el olor a sudor y deseo llenándome la nariz. Lamí la punta, salada, luego tragué hasta la garganta, chupando fuerte, mis gafas casi cayendo. Él se retorcía, manos en mi pelo. Lo dejé al borde, me levanté y me quité las bragas bajo el vestido, tirándolas al suelo sucio.
El clímax bajo mi mando
‘De rodillas tú ahora’, ordené. Se arrodilló, cara contra mi coño depilado, húmedo. ‘Come, hazlo bien.’ Su lengua torpe al principio, pero yo guiaba su cabeza, frotándome contra su boca. ‘Más adentro, cabrón. Chupa mi clítoris.’ Gemí bajito, jugos chorreando por su barbilla. Lo puse de pie, lo besé saboreándome en él. ‘Ahora fóllame contra el árbol.’ Le subí una pierna, su polla rozando mi entrada. Empujó, pero yo controlaba: ‘Despacio, entra centímetro a centímetro.’ Sentí cómo me abría, gruesa, llenándome. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gruñó. Aceleré, clavándome yo misma, tetas rebotando bajo el vestido.
Lo giré de nuevo, yo de espaldas, arqueando. ‘Cógeme por las caderas y métemela hasta el fondo.’ Obedecía ciego, embistiéndome duro, mis nalgas chocando contra su pubis. El sonido húmedo, slap-slap, en la noche quieta. ‘Más fuerte, hazme correrme.’ Sentí el orgasmo subiendo, coño apretándolo. ‘¡Me corro, puta!’, grité bajito, temblores sacudiéndome. Él jadeaba, ‘Yo…’. ‘No te corras aún. Aguanta.’ Lo saqué, lo puse en el suelo sucio, me senté encima, cabalgándolo salvaje. Mis caderas girando, polla desapareciendo en mí. ‘Ahora sí, lléname de leche.’ Se corrió explosivo, caliente dentro, yo apretando hasta sacarle todo.
Me levanté, semen chorreando por mis muslos. Él jadeante, mirada perdida. Me subí las bragas, alisando el vestido. ‘Ha sido perfecto. Exacto como yo quería.’ Lo miré desde arriba, poderosa, piel erizada por la adrenalina. Él intentó decir algo, pero yo puse un dedo en sus labios. ‘Vete a casa. Mañana quizás más.’ Caminé hacia el edificio, culo balanceándose, sabiendo que había ganado. Esa noche, yo mandé. Y qué bien se siente ser la jefa del placer.