Era miércoles por la mañana, en la sala de relax de la oficina. Olía a café recién hecho, y el aire estaba cargado de esa tensión masculina que tanto me pone. Entré meneando el culo, pedí mi latte, sentí sus ojos clavados en mí. Magnus, Alberto y Yul… devorándome. Les lancé una sonrisa pícara, pasé la lengua por los labios despacio. ‘¿Todo bien, chicos?’ dije, sabiendo que Magnus ya tiraba del pantalón.
Salí oscilando las caderas, pero volví por una servilleta. Les pillé hablando de mí, de lo puta que era antes. Me acerqué a Magnus, inocente. ‘Pareces tenso, guapo… ¿calor?’ Mi mano rozó su paquete, duro como piedra. Se le cortó la respiración. ‘Ven conmigo’, le susurré al oído, mi aliento caliente en su cuello. Lo arrastré al baño de hombres, vacío. Cerré el pestillo. ‘Aquí mando yo. Quítate todo. Ahora.’ Él dudó, ‘Flora, Roméo…’ Le tapé la boca. ‘Cállate. Hoy eres mío. Si no obedeces, te dejo con la polla azul.’ Sus ojos brillaron de lujuria y miedo. Se desnudó temblando, su verga saltó erecta, venosa, goteando ya.
La decisión que lo cambió todo
Lo empujé contra la pared fría, baldosas sucias oliendo a pis viejo. ‘De rodillas.’ Me subí la falda, arranqué mis bragas empapadas, negras de encaje. ‘Cómetelo. Hazme correrme primero.’ Le agarré el pelo, le restregué el coño en la cara. Su lengua torpe al principio, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios mojados. ‘Más fuerte, joder… así, métela.’ Gemí bajito, mis jugos le chorreamos por la barbilla. Sentí el orgasmo subiendo, mis muslos temblando. ‘¡Sí, cabrón!’ Me corrí fuerte, apretándole la cabeza contra mí, ahogándolo en mi placer.
El clímax donde mandé yo
No le di tiempo. ‘Levántate. Condón, ahora.’ Saqué uno del bolso, se lo enfundé con la boca, succionando su glande hasta que gruñó. ‘Siéntate en el váter.’ Me encabalgué encima, su polla gruesa abriéndome el coño de golpe. ‘¡Joder, qué prieta estás!’ jadeó. Yo reboté salvaje, mis tetas saltando libres del sujetador. ‘Cállate y fóllame como te digo. Manos atrás.’ Le clavé las uñas en el pecho, controlando el ritmo, profundo, rápido. ‘Más hondo… agárrame el culo.’ Cambié, me puse de espaldas, cabalgándolo reverse, mi ano rozando sus bolas. ‘Méteme un dedo ahí.’ Obedeció, follándome el coño mientras me dilataba el culo. Sudor por todos lados, slap-slap de carne contra carne. ‘¡Me corro! ¡Lléname!’ Rugió, pero yo apreté, ordeñándolo seco. Otro orgasmo mío, chorros calientes mojando sus muslos.
Lo dejé jadeando, exhausto, polla flácida goteando condón lleno. Me limpié con su camiseta. ‘Vístete y ni una palabra. Si quiero más, te aviso.’ Salí primera, alisándome la falda, olor a sexo pegado a mi piel. Volví a la sala como si nada, sonriendo a los otros. Magnus salió después, pálido, cojeando leve. Lo miré: ‘¿Mejor?’ Asintió, roto. Esa noche con Roméo, recordé su sumisión, me corrí pensando en mi poder. Soy yo quien decide, quien conquista, quien hace suplicar. Pura adrenalina, pura reina.