Acababa de llegar a la isla esa, la de los secretos oscuros, con Tamis volando bajo. Gilou había mandado aviso, pero yo, Patlara, ya sabía lo que quería. Balthazar, ese cabrón exiliado que se había escapado de las minas, andaba por aquí. Lo vi en los muelles, ordenando barcos nuevos, con esa mirada de lobo hambriento. Sudor en su camisa raída, músculos tensos del trabajo. Yo… me acerqué, hips balanceando, mi falda ceñida marcando curvas. Él me miró, ojos clavados en mis tetas. ‘¿Qué hace una reina como tú aquí?’, dijo con voz ronca. Sonreí, acerqué mi boca a su oreja. ‘Tú eres mío hoy. No preguntas. Sigues.’ Su polla ya se notaba dura bajo los pantalones. La tensión subía, aire cargado de sal y deseo. Le agarré la mano, la puse en mi culo. ‘Sientes esto? Es tuyo solo si obedeces.’ Dudó un segundo, pero yo apreté, ‘Desnúdate ya, o te dejo seco.’ Él tragó saliva, empezó a quitarse la ropa. Yo dictaba: ‘De rodillas primero. Mírame mientras lo hago.’ El sol bajaba, sombras largas como en esa cueva del vampiro que Gilou mencionó, pero aquí mandaba yo.
Lo llevé a mi choza en la playa, puerta cerrada con pestillo. ‘Quítame la blusa despacio’, ordené. Sus dedos temblaban abriendo botones, mis pezones duros saltando libres. ‘Chúpalos fuerte, como si fuera tu última comida.’ Gemí cuando su boca caliente los succionó, lengua girando, dientes rozando. Yo enredé mis dedos en su pelo, empujando su cabeza más hondo. ‘Ahora abajo, lame mi coño hasta que te diga basta.’ Me tiré en la cama de lanas, piernas abiertas. Él se arrodilló, cara entre mis muslos. Su lengua áspera lamió mi clítoris hinchado, chupando jugos que ya chorreaban. ‘Más rápido, joder, métela entera.’ Metí su cabeza, frotando contra su nariz. Orgasmo me vino rápido, temblando, gritando ‘¡Sí, cabrón!’. Lo empujé al suelo. ‘Ahora fóllame tú, pero yo digo cómo.’ Me subí encima, su polla gruesa palpitando. La agarré, la restregué en mi entrada mojada. ‘No te muevas.’ Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirla abrirme. ‘¡Joder, qué polla dura!’ Cabalgué salvaje, tetas botando, uñas en su pecho marcando surcos rojos. ‘Dame más, pero quieto.’ Cambié, lo puse a cuatro, yo detrás con dedos en su culo mientras lo montaba inversa. ‘Siente mi coño apretándote, vas a correrte solo cuando yo diga.’ Sudor nos pegaba, olores a sexo y mar. Lo volteé, piernas en hombros, embistiéndome yo misma. ‘¡Fóllame duro ahora!’ Él obedecía, polla golpeando fondo, bolas chocando. ‘¡Córrete dentro, lléname!’ Explosión, su leche caliente inundándome, yo corriéndome otra vez, contrayendo alrededor.
La Tensión que Me Hizo Decidir: Él Sería Mío
Después, jadeando, él derrumbado, yo encima aún, polla flácida saliendo chorreando. Le besé el cuello, mordí suave. ‘Has sido bueno, mi pirata. Ahora eres mío, vassalo en cama y en conquista.’ Sentí el poder, esa adrenalina de haberlo doblegado. Su mirada rendida, cuerpo marcado mío. Me levanté, jugos bajando por muslos, sonrisa triunfal. ‘Vuelve cuando quiera más. Pero yo mando siempre.’ Él asintió, exhausto. Yo salí a la noche estrellada, coño palpitando satisfecho, reina total. Esa isla guarda más que vampiros; guarda mi dominio.