Ay, chicas, aún siento el calor pegajoso del hammam en la piel. Charlotte, esa amiga tan recatada, con su marido machote y sus complejos por ese clítoris enorme que le sale como un pollón mini. La llevé allí con las chicas, Sandra y Agnès, para ‘relajarnos’. Pero yo ya lo tenía claro. La vi temblando al quitarse la braguita, cubriéndose ese coño carnoso, labios gordos colgando, y pensé: esta noche es mía.
En el sauna, sudando como perras, todas abiertas de piernas. Ella intentaba cerrar las suyas, roja como un tomate. Las chicas charlaban, las matronas nos miraban de reojo. Me acerqué, le susurré al oído: ‘Charlotte, ábrelas. Déjame ver bien esa concha tuya’. Dudó, titubeó: ‘C-Chantal, no… qué vergüenza’. Pero yo, firme, le puse la mano en la rodilla. ‘Obedece. O te ayudo yo’. La abrí despacio, su clítoris ya asomaba, hinchado, rosado. El vapor nos envolvía, olor a jabón y sudor mezclado con su humedad traicionera.
La Decisión que Cambió Todo en el Vapor
La tensión subía. Nuestras tetas se rozaban accidentalmente, pero yo lo hacía a propósito. ‘Mírame’, le ordené. Sus ojos marrones-verdosos clavados en mi coño depilado, mis labios jugosos. ‘Vas a ser mía hoy. Yo decido cómo y cuándo corres’. Ella balbuceó: ‘Pero… las chicas…’. ‘Cállate. Ellas ya vieron todo. Tú solo sígueme’. La cogí de la mano, sudorosa, y la saqué al baño privado que pillé libre. Puerta cerrada. ‘Aquí mando yo. Quítate la toalla. Totalmente’. Temblaba, pero obedeció. Su cuerpo curvilíneo, tetas firmes, culo grande con ese ano protuberante que me contó después.
La empujé contra la pared húmeda. ‘Abre las piernas’. Le metí dos dedos directo en su coño empapado. ‘¡Dios, qué mojada estás, puta’. Goteaba, sus labios mayores abultados envolviéndome la mano. Lamí su cuello, mordí su oreja: ‘Voy a chuparte ese clítoris hasta que grites’. Me arrodillé, el suelo caliente quemándome las rodillas. Separé sus labios con los dientes, suave al principio. Su clítoris gigante, como una mini polla, palpitaba. Lo succioné fuerte, lengua girando. ‘¡Ahhh! Chantal… para… no… sí…’. Ella gemía, manos en mi pelo, empujándome más adentro.
El Placer que Dicté Sin Piedad
La puse de rodillas. ‘Ahora tú lame mi coño, pero como yo diga’. Le guié la cabeza entre mis muslos. Su lengua torpe al inicio, pero yo la dirigía: ‘Más profundo, joder. Chupa el clítoris. Sí, así’. Me corrí rápido, chorros en su boca. ‘Buena chica’. La volteé, culo en pompa. ‘Voy a follarte con los dedos’. Tres dentro, estirando su coño ancho, pulgar en su ano abultado. ‘¡Me vengo! ¡Fóllame más!’. Ritmo brutal, chapoteo de jugos. Cambié: ella encima, tribbing salvaje. Nuestros coños chocando, clítoris frotándose. ‘¡Más fuerte, ríndete a mí!’.
La hice correrme tres veces, gritando mi nombre. Yo controlaba cada embestida, cada lamida. Al final, exhaustas, sudor y fluidos por todos lados. La besé posesiva: ‘Has sido perfecta. Ahora sabes quién manda’. Se rindió, ojos vidriosos: ‘Nunca… así… gracias’.
Salimos, las chicas sonriendo pícaras. Su marido en el fútbol, ignorante. Yo, con esa adrenalina de conquista, poder puro. Obtuve todo: su sumisión, su placer a mis órdenes. Esa noche soñé con más. Charlotte es adicta ya. Yo siempre gano.