Acabo de echar al último borracho. La taberna está vacía, solo queda Jam con su jarra seca. Lo miro de reojo mientras recojo las mesas. Está ahí, callado, con esa mirada de cachorro perdido. ‘Voy a cerrar, Jam. Vete a casa’, le digo, pero mi voz sale ronca, cargada. Él se queda plantado, balbucea algo de que su cama está vacía desde que me vio. Tímido el pobre, tartamudeando su amor. Me acerco, me siento frente a él. Nuestras rodillas se rozan bajo la mesa estrecha. Tomo su mano, áspera de tanto trabajar. Siento su pulso acelerado. ‘Jam… me halagas, pero…’, empiezo, pero no. Esta noche no. Lo miro fijo a los ojos. El corazón me late fuerte, no de nervios, de ganas. Quiero esto. Quiero controlarlo todo. Me levanto despacio, rodeo la mesa. ‘Cállate’, le susurro al oído, mi aliento en su cuello. Él tiembla. Paso mis dedos por su pecho, bajo a su cinturón. ‘Esta noche eres mío. Yo decido. ¿Entendido?’. Asiente, mudo. Lo empujo contra la silla, me subo a horcajadas sobre sus piernas. Siento su polla endureciéndose bajo mis nalgas. ‘No te muevas a menos que yo diga’, ordeno, mordiéndome el labio. El aire huele a cerveza rancia y a deseo. Mis pezones se endurecen contra la blusa. Empiezo a frotarme contra él, lento, sintiendo cómo crece. Él gime bajito. ‘Shh… yo mando’. Desabrocho su camisa, lamo su pecho salado. La tensión me moja el coño. Sé que va a caer rendido.
Le arranco la camisa de un tirón. ‘Quítate los pantalones. Ahora’. Obedece torpe, su polla salta libre, gruesa, venosa. La agarro fuerte, la aprieto. ‘Mira lo que me haces’. Me arrodillo, la meto en mi boca de golpe. Chupa, chupa… siento cada vena hincharse contra mi lengua. Él jadea, manos en mi pelo, pero lo aparto. ‘Manos quietas’. Le mama la polla como una reina, saliva chorreando, hasta la garganta. Gime mi nombre. ‘Ati… por Dios…’. Suelto, me pongo de pie, me desnudo rápido. Mis tetas rebotan libres, pezones duros. ‘Acuéstate en la mesa’. Lo empujo, abro sus piernas. Me subo encima, froto mi coño empapado contra su polla. ‘Siente cómo te quiero’. Me clavo de una, hondo. ‘¡Joder!’. Empiezo a cabalgar, fuerte, mis caderas golpeando. Sus manos van a mis tetas, las amasa. Yo acelero, clavo uñas en su pecho. ‘Más rápido, no pares’. Grito cuando me corro, coño apretando su polla. Él tiembla, pero no lo dejo. ‘Aún no. Gírate’. Lo pongo a cuatro patas sobre la mesa. Escupo en su culo, meto un dedo. ‘Relájate’. Dos dedos, lo abro. Mi coño chorrea. Agarro su polla por detrás, la pajeo mientras lo dedo. ‘Ahora fóllame el culo’. Me echo hacia atrás, guío su polla a mi ano. Entra lento, ardiente. ‘¡Sí! Así, cabrón’. Me folla el culo mientras me toco el clítoris. Cambiamos, yo arriba otra vez, polla en coño, luego en culo. ‘Córrete dentro, lléname’. Explota, semen caliente inundándome. Yo reviento en orgasmo, piernas temblando.
La decisión: él sería mío esa noche
Caemos exhaustos en la silla. Su cabeza en mis tetas, yo acaricio su pelo sudado. Siento su polla aún dentro, palpitando. Poder puro me recorre las venas. Lo miré rendido, mío del todo. ‘Ven a dormir arriba’, le digo, voz firme. Sonríe débil. Recojo mi ropa, subo las escaleras, culo al aire. Él me sigue, hipnotizado por mis nalgas. Esa noche no dormimos. Lo follé tres veces más en mi cama, mandando siempre. Polla en boca, en coño, en culo. Mañana abrí tarde la taberna. Pero valió cada gemido.