Trabajaba cerca de la frontera con Luxemburgo, en 73. Él, un chaval recién graduado, me lleva en su coche al stage en Nancy, 120 km. No tengo pasta ni coche, pero le digo: ‘Compartimos habitación, pero yo pongo las normas. Tú respetas, ¿entendido?’. Asiente, nervioso. En el camino, le cuento mi vida: huérfana, cuido a mis hermanos desde que mamá murió. Se ablanda, me compadece. Uf, qué tierno.
Llegamos cansados al hotel cutre cerca del stage. Cena rápida, paseo por Nancy. De vuelta, nos metemos en la habitación. Él va al baño primero. Yo saco mi pijama corto, con encajes, pero debajo… nada. Salgo de la ducha, piel húmeda, oliendo a jabón. Él me mira, tragando saliva. ‘Buenas noches’, digo, metiéndome en la cama. Se ducha, se acuesta en calzoncillos. Le doy un beso en el cuello, disimulado. Duermo… o finjo.
La tensión sube y yo decido las reglas
En la noche, me pego a él, desnuda. Mi mano en su polla, ya dura. Se despierta, sorprendido. ‘¿Qué…?’. Le chisto: ‘Shh, yo mando. Tú solo disfruta’. Le quito el calzoncillo despacio, piel contra piel. Mi coño ya moja su muslo. ‘Esta noche, eres mío. No te muevas si no te lo digo’. Él gime, obediente. Mi mano aprieta su verga, sube y baja lento. Siento su pulso acelerado, su sudor. ‘¿Quieres más? Pídemelo’. ‘Sí… por favor’. Sonrío. La tensión me pone cachonda, el control es mío.
Le empujo boca arriba. ‘Abre las piernas’. Me subo encima, cowgirl. Mi coño resbala en su polla, entrada lenta. ‘Mírame a los ojos mientras te follo’. Empujo caderas, profundo. Él jadea: ‘Dios, Monique…’. ‘Cállate y agárrame las tetas’. Sus manos tiemblan en mis pechos, pezones duros. Acelero, clítoris rozando su pubis. ‘¡Más fuerte!’. Grito bajito, sudada. Cambio: me pongo de espaldas, reverse. ‘Ahora agárrame el culo’. Sus dedos hunden en mi carne, mientras reboto. Siento su polla hinchada, latiendo dentro. ‘No corras aún, cabrón. Aguanta’.
El sexo brutal donde mando yo
Lo giro, perrito. ‘Fóllame tú, pero como yo diga: lento, profundo’. Obedece, entra hasta el fondo. Mi coño aprieta, chorreando. ‘¡Más! Golpéame el culo’. Palmada resuena, piel roja. Gimo fuerte: ‘Sí, así… tu polla es mía’. Cambio otra vez: misionero, pero yo arriba, clavándome. Sudor gotea, olores a sexo llenan la habitación. ‘Voy a correrme… ¡no pares!’. Orgasmo me sacude, tiemblo, clavo uñas en su pecho. Él suplica: ‘Por favor…’. ‘Ahora sí. Córrete dentro, lléname’. Explota, chorros calientes inundan mi coño. Me quedo quieta, sintiendo su leche escurrir.
Después, lo abrazo, su cabeza en mis tetas. ‘Lo has hecho bien, chico. Me has dado lo que quería’. Él murmura: ‘Increíble…’. Yo río bajito. Esa noche, la conquista fue mía. El poder de verlo rendido, su polla flácida en mi mano… adrenalina pura. Al día siguiente, en el curro, me mira con respeto. Semanas después, en Luxemburgo, le compro lencería roja. ‘Pruébatela para mí’. En la cabina, striptease: me desnudo, coño depilado, listo. ‘Tócame’. Mojada ya. Pero yo controlo siempre.
Otro finde en Lorena, hotel rural. Desnuda desde la ducha, lo guío: dedo en mi coño, su polla en mi mano. ‘Así dormiremos’. Mañana, lo lamo despacio, pero paro: ‘Hoy mando yo’. Tensiones pasadas olvidadas, ahora soy yo la jefa. Lo follo hasta correrme tres veces, él obedece. Poder total. Antes de irse, noche final: ‘Bésame el coño primero’. Lo hace, lengua profunda. Luego, yo cabalgo salvaje: ‘¡Fóllame duro!’. Gime: ‘Sí, jefa’. Le exprimo hasta la última gota. Me voy satisfecha, él exhausto. Sabía que sucumbiría. Siempre lo hacen.