Joder, qué resaca. Abrí los ojos en una habitación que no era la mía, con el papel pintado de mierda y un olor a sexo rancio. A mi lado, él. Desnudo, con esa polla gorda que me había follado cuatro veces anoche. Cuatro condones usados en la papelera, sí. Me dolía la cabeza, la boca pastosa como si un gato me hubiera meado dentro. Pero mirándolo… uf, se me encendió el coño.
—Ey, cabrón —le dije, con voz ronca—. ¿Ya te vas?
La decisión de mandarlo todo
Se giró, medio dormido, con esa sonrisa de ganador. Pero yo no iba a dejar que se largara así. Anoche fue una fiesta loca con mis amigas Cindy y Karine, en casa de Since y Kweenie, pizzas, porros, alcohol hasta las tantas. Yo vi a G, ese moreno del Queens, y supe que era mío. Lo arrastré a la cama y lo monté como una reina. Pero ahora, con la luz del día —bueno, las 16:32, el reloj lo decía—, quería más. Quería control total.
Se sentó, rascándose la cabeza. —Rita, ¿verdad? Joder, no recuerdo mucho…
Sonreí, maliciosa. Me quité la sábana, dejando mis tetas al aire, el piercing del ombligo brillando. Sus ojos se clavaron ahí. Bien. —Sí, Rita. Y tú eres G. Pero antes de que te vistas y te pires, vas a hacerme gozar otra vez. Yo mando, ¿entiendes? Arrodíllate.
Dudó un segundo. —Baby, tengo que…
—Calla —le corté, agarrándole la polla, ya medio dura—. Esto es mío ahora. Lameme el coño hasta que te diga basta. Y ni se te ocurra correrte sin permiso.
Se lamió los labios, excitado. La tensión subía, el aire espeso. Yo abrí las piernas, mi coño depilado reluciente de la noche anterior. Él se acercó, obediente. Sentí su aliento caliente. Perfecto. Lo tenía.
Su lengua tocó mi clítoris, suave al principio. —Más fuerte, joder —ordené, enredando mis dedos en su pelo, empujándolo—. Chúpame como si fuera tu puta vida.
Gemí cuando metió la lengua dentro, lamiendo mis labios hinchados, saboreando mi humedad. Olía a sexo, a sudor nuestro. Le subí las pelotas con el pie, apretando un poco. —Buen chico. Ahora el culo. Lameme el ano, despacio.
Obedeció, su lengua girando alrededor de mi agujerito apretado. Uf, qué cosquilleo. Me corrí rápido, temblando, mojándolo todo. Pero no paré. Lo empujé al colchón. —Ahora yo. Quítate el condón nuevo del cajón.
El polvo brutal donde yo pongo las reglas
Se lo puse yo, cabalgándolo. Mi coño se lo tragó entero, grueso, venoso. Reboté fuerte, tetas saltando. —Mírame, G. Esto es mío. Tú solo disfrutas.
Cambié, giré. —Al revés. Quiero tu polla en mi culo. Usa esa vaselina de la mesita. No, espera… —Reí, viendo la mayonesa en el suelo de la pizza de anoche—. Esto servirá. Unta bien.
Me puse a cuatro patas, empinándome. Sentí su dedo lubricado entrando, abriéndome. —Despacio al principio, cabrón. Luego fóllame duro.
Empujó, su glande rompiendo mi anillo. Dolor-placer, joder. —¡Sí! Más adentro. Agárrame las caderas y clávamela hasta el fondo.
Gritaba órdenes: —Rápido, joder, rómpeme el culo. ¡Azótame! —Su mano en mi nalga, roja. Lo monté en reversa, mi culo tragándosela toda, mayonesa chorreando. Sudor, slap-slap de carne. Le apreté las bolas, controlando su ritmo. —No te corras. Aguanta.
Lo volteé, lo até con mi tanga a la cama. —Ahora solo mi coño. Lameme mientras me corro en tu cara.
Me vine tres veces, él al borde. Finalmente: —Córrete dentro, pero grita mi nombre.
—Ritaaa… —rugió, llenando el condón.
Me aparté, jadeante, poderosa. Él exhausto, yo radiante. Limpié mi coño con su camiseta, escribí mi número en su polla con rotulador. —Llámame cuando quieras más. Pero yo decido.
Bajé al metro, sabor a él en la boca, culo palpitando. Me sentía invencible. Lo había conquistado, usado, dominado. Adrenalina pura. Esa noche en el Bronx fue mía. Y la próxima, también.