Era verano, hacía un calor de cojones. Íbamos al súper, mi marido con lumbalgia, empujando el carrito como un lisiado. Yo, con mi top blanco escotado, sin sujetador. Las tetas libres, rebotando un poco con cada paso. Normalmente, me tapo cuando me agacho. Pero ese día… no sé, me picaba algo dentro.
Recorríamos los pasillos, gente por todos lados. Cogía los productos, los metía en el carrito. Noté sus ojos en mí. Él, mirándome las tetas cada vez que me inclinaba. Y no solo él. Un tío buenorro nos seguía, fingiendo mirar latas, pero echando ojos a mi escote. Me mojé un poco. El calor subía, el sudor me corría por el canalillo. Mis pezones se endurecieron contra la tela fina. Pensé: ‘Hoy mando yo. Lo voy a volver loco’.
La Tensión que Me Encendió
Le pedí que mirara la fecha de un bote. Me agaché, sin taparme. Wao, mis tetas blancas, bronceada el resto del cuerpo, colgando libres. Él tragó saliva. El otro tío se acercó, ojos como platos. Sonreí para mí. ‘Esto es mío’, me dije. Seguí, cada vez más descarada. Agarraba packs de agua con las dos manos, tetas al aire un segundo. Furtivo, pero claro. El aire frío de los congelados me puso los pezones como piedras. Él sudaba, excusa del dolor de espalda. Ja.
En caja, multitud. Me puse delante, transfiriendo cosas al tapis. Me inclinaba mucho, tetas enteras a la vista. Aréolas contraídas, pezones tiesos y arrogantes. No me tapaba. Al revés, tiré un poco del top hacia abajo. ‘Mírame, cabrón’, le susurré al oído. ‘Y no solo tú. Todos nos están follando con la mirada’. Él: ‘Cariño, nos das un espectáculo de puta madre’. Sonreí. ‘Sigue mirando. Esto es para ti… y para ellos’. Me quedé agachada más tiempo, sintiendo sus ojos. Mi coño chorreaba, bragas empapadas. Él se acercó al carrito para esconder la polla dura.
Pagamos, salimos. Silencio caliente. En el parking, casi vacío. Le metí la lengua en la boca antes de subir al coche. ‘Ahora mando yo’, le dije, jadeando. ‘Te voy a follar como yo quiera’. Sus ojos brillaban. Arrancamos, pero paré en un rincón oscuro. ‘Baja los pantalones’, ordené. Polla tiesa, goteando precum. La agarré fuerte, la chupé un rato, saliva por todos lados. ‘No corras aún, joder’.
El Follón Bajo Mi Mandato
Me subí encima, falda arriba, bragas a un lado. Coño abierto, jugoso. Me senté de golpe en su polla. ‘Aaaah… sí’. Cabalgué duro, tetas rebotando en su cara. ‘Chupa mis tetas, lame los pezones’. Él obedecía, gimiendo. Cambié: me puse de espaldas, polla hundiéndose profunda. ‘Fóllame el coño así, pero yo marco el ritmo’. Arriba abajo, rápido, clítoris frotando. Sudor, olor a sexo. ‘Más fuerte, pero no te muevas, yo lo hago’. Gemí alto, orgasmo me partió, coño apretando su polla.
Le di la vuelta. ‘Ahora a cuatro’. Le metí los dedos en el culo mientras lo montaba por detrás. ‘Siente quién manda’. Polla palpitando. ‘Córrete dentro, lléname el coño’. Él explotó, leche caliente inundándome. Me corrí otra vez, temblando.
Satisfecha, bajé. Coño goteando semen, tetas marcadas por sus dientes. Le miré: ‘Eso es lo que quería. Tú, sucumbiendo a mí’. Él, rendido, sonriendo. Volvimos a casa, yo poderosa, él mío. Cada recuerdo me pone cachonda de nuevo. ¿Quién iba a decir que un súper acabaría así?